Ya hacía veinticinco años que Bruno conocía a Michel. Durante este terrible intervalo de tiempo, el primero tenía la sensación de no haber cambiado; la hipótesis de un núcleo de identidad personal, de un núcleo de características principales inamovibles, le parecía evidente. Sin embargo, largos períodos de su propia historia habían caído en un olvido definitivo. Tenía la impresión de no haber vivido meses y años enteros. No era el caso de los dos últimos años de adolescencia, llenos de recuerdos, de experiencias educativas. La memoria de una vida humana, le explicó su hermanastro mucho después, se parece a una historia coherente de Griffiths