A pesar de que nuestros cuerpos se entrelacen y mi boca humedecida repose en tu cuello, las manos torpes entre las ropas, tendremos que hablar y abrir los ojos para conocernos, habrá que separarse con la piel dolida sin desnudar, sin habernos encontrado, porque tal vez no sea ése el tiempo nuestro sino el de otro, y el de otra. Y miraremos llover con los ojos de ellos y nos morderá la nostalgia inútilmente con dientes suaves y taimados.” Entonces recordaron una noche (¿o fue un amanecer?) en que ella lo esperaba (¿o la esperaba él?) detrás de la casa para irse a sentar sobre las piedras que emergían de entre el río. Jugaban a ser grandes, pero tenían miedo de tocarse, y su brazo en la cintura era el único abrazo y un ligero roce en los labios el único beso.